Hoy leía un artículo de Santiago Bilinkis que comentaba un par de chistes, bastante conocidos, que expresan cómo nos sentimos frecuentemente aquellos que hemos estudiado economía.
El primero cuenta que iban dos hombres viajando en un globo y el viento los desvió de su rumbo. Totalmente desorientados, ven un hombre abajo y le gritan: «¡Señor! ¡¡¿Podría decirnos donde estamos? » A lo que él responde: «¡En un globo!». Enseguida, uno de los hombres en el globo dice: «Evidentemente, se trataba de un economista…». «¿Por qué lo dices?» pregunta el otro. «Bueno, verás… es sencillo: su respuesta es rigurosamente lógica, evidentemente verdadera y no sirve absolutamente para nada.»
El segundo chiste es de un economista náufrago en una isla, cuyo único alimento es una lata de sardinas, y que, desesperado, resuelve el problema diciendo:
«Supongamos que tengo un abrelatas…
Estos chistes me trajeron el recuerdo de cuando en una clase del tercer año de la carrera en Economía. Abstrayéndome de los aburridos modelos económicos plagados de supuestos le pregunte al profesor cuando vamos a dejar los supuestos de lado y analizar lo que ocurre en la realidad. “Nunca! la realidad es muy complicada para ser analizada, a parte, a quien le interesa la realidad?” respondió.
Desde entonces comencé a pensar que los economistas no son más que teóricos totalmente incapaces de entender y mejorar la realidad en que vivimos.
El primer principio de la Economía es que cada agente actúa únicamente movido por su propio interés. Por eso, el hecho de que en la carrera nos la pasemos rindiendo culto a la optimización restringida y a los hessianos orlados oculta, tras una fachada matemática, la profunda convicción de que las mejores soluciones a los problemas se obtienen a través de la persecución de un fin netamente definido, personal y cuantificable, expresado a través de una función objetivo para ser maximizada. Sin embargo, considerar que la conducta humana se rige exclusivamente por la persecución de intereses egoístas es claramente erróneo.
Esta es precisamente la razón por la cual frecuentemente graduados en economía no son capaces de describir la realidad que los rodea, y mucho menos comprender el comportamiento de los mercados financieros.
En mi opinión, la economía debería abandonar el vicio de la parsimonia para enfrentar el desafío de la complejidad. Las carreras deberían eliminar los viejos modelos económicos y enfocarse más en una economía de y para el hombre, consciente de sus propias consecuencias materiales y de que no sólo describe una realidad sino que también la transforma.
F.